miércoles, 1 de abril de 2009

LECTURA. DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO INFANTIL. 2 de abril 2009. CUENTOS DE LOS HERMANOS GRIMM

LEER. Para celebrar el DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO INFANTIL.

Aquí encontramos varios cuentos poco conocidos de los hermanos Grimm:


DIOS TE SOCORRA

Había una vez dos hermanas, una de las cuales era rica y sin hijos y la otra viuda con cinco niños, y tan pobre que carecía de pan para ella y su familia. Obligada por la necesidad, fue a buscar a su hermana y le dijo:

-Mis hijos se mueren de hambre; tú eres rica, dame un pedazo de pan.

Pero la rica, que tenía un corazón de piedra, le contestó:

-No hay pan en casa -y la despidió con dureza.

Algunas horas después, volvió a su casa el marido de la hermana rica, y, cuando comenzaba a partir el pan para comer, se admiró de ver que iban saliendo gotas de sangre conforme lo iba partiendo. Su mujer, asustada, le refirió todo lo que había pasado. Se apresuró a ir a socorrer a la pobre viuda, y le llevó toda la comida que tenía preparada. Cuando salió para volver a su casa, oyó un ruido muy grande y vio una nube de humo y fuego que subía hacia el cielo. Era que ardía su casa. Perdió todas sus riquezas en el incendio. Su cruel mujer, lanzando gritos de rabia, decía:

-Nos moriremos de hambre.

-Dios socorre a los pobres -le respondió su buena hermana, que corrió a su lado.

La que había sido rica hubo de mendigar a su vez; pero nadie tuvo compasión de ella. Su hermana, olvidando su crueldad, repartía con ella las limosnas que recibía.



EL DINERO LLOVIDO DEL CIELO

Había una vez una niña que era huérfana, y vivía en tan extremada pobreza que no tenía ni cuarto ni cama donde dormir. No poseía más que el vestido que cubría su cuerpo y un pedacito de pan que le había dado un alma caritativa, pero era muy buena y piadosa.

Como se veía abandonada por todos, se puso en camino, confiando en Dios. A los pocos pasos, encontró a un pobre, que le dijo:

-¡Si me pudieras dar algo de comer, porque tengo tanta hambre!...

Ella le dio todo su pan, y le dijo:

-Dios te ayude.

Y continuó andando.

Poco después, encontró a un niño que lloraba, diciendo:

-Tengo frío en la cabeza, dame algo para cubrirme.

Se quitó su gorro y se lo dio. Un poco más allá, vio otro que estaba medio helado porque no tenía jubón y le dio el suyo; otro, por último, le pidió su saya y se la dio también.

Siendo ya de noche, llegó a un bosque, donde halló a otro niño, que le pidió la camisa.

La caritativa niña pensó para sí:

-La noche es muy oscura, nadie me verá, bien puedo darle mi camisa.

Y se la dio también.

Ya no le quedaba nada que dar. Pero en el mismo instante comenzaron a caer las estrellas del cielo y, al llegar a la tierra, se volvían hermosas monedas de oro y plata, y, aunque se había quitado la camisa, se encontró con otra enteramente nueva y de tela mucho más fina. Reunió todo el dinero y fue rica toda su vida.


EL HIJO INGRATO

Un día, estaba un hombre sentado con su mujer a la puerta de su casa, y se hallaban comiendo con mucho gusto un pollo, el primero que les habían dado aquel año las gallinas. El hombre vio venir a lo lejos a su anciano padre, y se apresuró a ocultar el plato para no tener que darle, de modo que el visitante sólo bebió un trago y se volvió en seguida.

En aquel momento, fue el hijo a buscar el plato para ponerlo en la mesa, pero el pollo asado se había convertido en un sapo muy grande, que saltó a su rostro, al que se adhirió para siempre. Cuando intentaban quitarlo de allí, el horrible monstruo lanzaba a las gentes miradas venenosas, como si fuera a tirarse a ellas, así es que nadie se atrevía a acercarse. El hijo ingrato quedó condenado a sustentar al sapo, pues, si no, le devoraba la cabeza. Así pasó el resto de sus días, vagando miserablemente por la tierra.


EL POBRE Y EL RICO

Murió una vez un pobre aldeano, que fue a la puerta del Paraíso; al mismo tiempo, murió un señor muy rico, que subió también al cielo. Llegó san Pedro con sus llaves, abrió la puerta y mandó entrar al señor; pero sin duda no vio al aldeano, pues cerró y lo dejó afuera. Desde allá oyó la alegre recepción que le hacían al rico en el cielo, con músicas y cánticos.
Cuando quedó todo en silencio, volvió por fin san Pedro y mandó entrar al pobre. Esperaba éste que volverían a sonar los cánticos y músicas, pero todo continuó en silencio. Lo recibieron con mucha alegría; los ángeles salieron a su encuentro, pero no cantó nadie.
Preguntó a san Pedro por qué no había música para él como para el rico, o si era que en el cielo reinaban las mismas diferencias que en la tierra.
-No -le contestó el santo-; el mismo aprecio nos merecen uno que otro, y obtendrás la misma parte que el que acaba de entrar en las delicias del Paraíso; pero, mira, pobretones así como tú llegan aquí a centenares todos los días, mientras que ricos como el que acabas de ver entrar apenas viene uno de siglo en siglo.


HANS EL TONTO

Érase una vez un rey que vivía muy feliz con su hija, que era su única descendencia. De pronto, sin embargo, la princesa trajo un niño al mundo, y nadie sabía quién era el padre. El rey estuvo mucho tiempo sin saber qué hacer. Al final ordenó que la princesa fuera a la iglesia con el niño y le pusiera en la mano un limón, y aquel al que se lo diera sería el padre del niño y el esposo de la princesa. Así lo hizo; sin embargo, antes se había dado orden de que no se dejara entrar en la iglesia nada más que a gente noble. Pero había en la ciudad un muchacho pequeño, encorvado y jorobado, que no era demasiado listo y por eso le llamaban Hans el tonto, y se coló en la iglesia con los demás sin que nadie le viera, y, cuando el niño tuvo que entregar el limón, fue y se lo dio a Hans el tonto. La princesa se quedó espantada, y el rey se puso tan furioso que hizo que la metieran con el niño y Hans el tonto en un tonel y lo echaran al mar. El tonel pronto se alejó de allí flotando, y, cuando estaban ya solos en alta mar, la princesa se lamentó y dijo:
-Tú eres el culpable de mi desgracia, chico repugnante, jorobado e indiscreto. ¿Para qué te colaste en la iglesia, si el niño no era en absoluto de tu incumbencia?
-Oh, sí -dijo el tonto-, me parece a mí que sí que lo era, pues yo deseé una vez que tuvieras un hijo, y todo lo que yo deseo se cumple.
-Si eso es verdad, desea que nos llegue aquí algo de comer.
-Eso también puedo hacerlo-dijo Hans el tonto, y deseó una fuente bien llena de papas.
A la princesa le hubiera gustado algo mejor, pero, como tenía tanta hambre, no paró de comer.
Cuando ya estuvieron hartos, dijo Hans el tonto:
-¡Ahora deseo que tengamos un hermoso barco! Y apenas lo había dicho se encontraron en un magnífico barco, en el que había de todo lo que pudieran desear en abundancia.
El timonel navegó directamente hacia tierra, y, cuando llegaron y todos habían bajado, dijo Hans el tonto:
-¡Ahora, que aparezca allí un palacio!
Y apareció allí un palacio magnífico, y llegaron unos criados con vestidos dorados e hicieron pasar al palacio a la princesa y al niño, y, cuando estaban en medio del salón, dijo Hans el tonto:
-¡Ahora deseo convertirme en un joven e inteligente príncipe!
Y entonces perdió su joroba y se volvió hermoso y recto y amable, y le gustó mucho a la princesa y se convirtió en su esposo.
Así vivieron felices una temporada. Un día, el viejo rey iba con su caballo y se perdió y llegó al palacio. Se asombró mucho porque jamás lo había visto antes y entró en él. La princesa reconoció enseguida a su padre, pero él a ella no, pues, además, pensaba que se había ahogado en el mar hacía ya mucho tiempo. Ella le sirvió magníficamente bien, y, cuando el viejo rey ya se iba a ir, le metió en el bolsillo un vaso de oro sin que él se diera cuenta. Pero, una vez que se había marchado ya de allí en su caballo, ella envió tras él a dos jinetes para que lo detuvieran y comprobaran si había robado el vaso de oro, y cuando lo encontraron en su bolsillo se lo llevaron de nuevo al palacio. Le juró a la princesa que él no lo había robado y que no sabía cómo había ido a parar a su bolsillo.
-Por eso debe uno guardarse mucho de considerar enseguida culpable a alguien -dijo ella, y se dio a conocer.
El rey entonces se alegró mucho, y vivieron muy felices juntos; y, cuando él se murió, Hans el tonto se convirtió en rey.


LA ABEJA REINA

Zafia y disipada era la vida en la que cayeron dos príncipes que habían partido en busca de aventuras, y así no podían volver de ninguna manera a su casa. El benjamín, el bobo, salió en busca de sus hermanos. Cuando los encontró, se burlaron de que él, con su simpleza, quisiera abrirse camino en el mundo cuando ellos dos, siendo mucho más listos, no eran capaces de salir adelante.
Se pusieron a andar juntos y llegaron a un hormiguero. Los dos mayores quisieron revolverlo para ver cómo las pequeñas hormigas correteaban asustadas de un lado a otro llevando consigo sus huevos, pero el bobo dijo:
-Dejen en paz a los animales. No consiento que los molesten.
Luego, siguieron adelante y llegaron a un lago en el que nadaban muchos, muchos patos. Los dos hermanos mayores quisieron cazar un par de ellos y asarlos, pero el bobo dijo de nuevo:
-Dejen en paz a los animales. No consiento que los maten.
Finalmente, llegaron a una colmena. Dentro había tanta miel que rebosaba tronco abajo. Los dos quisieron prender fuego bajo el árbol para que las abejas se asfixiaran y ellos pudieran quitarles la miel. El bobo, sin embargo, los detuvo otra vez diciendo:
-Dejen en paz a los animales. No consiento que los quemen.
Los tres hermanos llegaron entonces a un palacio en cuyas caballerizas había un montón de caballos petrificados, pero no se veía a ningún ser humano. Recorrieron todas las salas hasta que, al final, llegaron ante una puerta que tenía tres cerrojos. En mitad de la puerta, sin embargo, había una mirilla y por ella se podía ver lo que había dentro del cuarto. Allí vieron a un hombrecillo gris sentado a una mesa y lo llamaron a voces, una vez..., dos veces..., pero no los oyó. Finalmente, lo llamaron por tercera vez, y entonces se levantó y salió. No dijo ni una palabra, pero los agarró y los condujo a una opípara mesa, y, cuando hubieron comido, llevó a cada uno de ellos a un dormitorio. A la mañana siguiente, entró en el del mayor, le hizo señas con la mano y lo llevó a una mesa de piedra, sobre la cual estaban escritas las tres pruebas que había que superar para desencantar el palacio.
La primera era así: en el bosque, debajo del musgo, estaban las mil perlas de la princesa; había que buscarlas y, antes de que se pusiera el sol, no tenía que faltar ni una sola o, de lo contrario, quien hubiera emprendido la prueba se convertiría en una piedra. El príncipe fue allí y se pasó el día entero buscando, pero, cuando el día tocó a su fin, no había encontrado más que cien y quedó convertido en piedra. Al día siguiente, emprendió la aventura el segundo hermano, pero, al igual que el mayor, se convirtió en piedra por no haber conseguido hallar más que doscientas.
Por fin le tocó el turno al bobo, y se puso a buscar en el musgo, pero era tan difícil encontrar las perlas y se iba tan despacio que se sentó encima de una piedra y empezó a llorar. Y, según estaba allí sentado, el rey de las hormigas, al que él una vez había salvado, llegó con cinco mil hormigas que, al cabo de un rato, ya habían encontrado todas las perlas y las habían reunido en un montón. La segunda prueba, en cambio, consistía en sacar del mar la llave de la alcoba de la princesa. Cuando el bobo llegó al mar, se acercaron nadando los patos a los que él una vez había salvado; éstos se sumergieron y sacaron la llave del fondo.
La tercera prueba, sin embargo, era la más difícil: entre las tres durmientes hijas del rey había que escoger a la más joven y predilecta; pero eran exactamente iguales y en lo único que se diferenciaban era en que la mayor había tomado un terrón de azúcar, la segunda sirope y la menor una cucharada de miel, y había que acertar sólo por el aliento cuál de ellas había comido la miel. Entonces llegó la reina de las abejas que el bobo había salvado del fuego, tentó la boca de las tres y al final se posó en la boca que había tomado miel, y el príncipe reconoció así a la verdadera. Entonces se deshizo el encantamiento, todo quedó liberado del sueño y los que eran de piedra recuperaron su forma humana. El bobo se casó con la más joven y predilecta de las princesas y, cuando murió el padre de ella, se convirtió en rey. Por su parte, sus dos hermanos se casaron con las otras dos hermanas.

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