jueves, 21 de febrero de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre "España partida en dos", libro de Julián Casanova

Julián Casanova

   En "El País":

Breve historia de 839 inacabables días

Julián Casanova repasa los hitos de la Guerra Civil en 'España partida en dos'

 Madrid 15 FEB 2013 

Julián Casanova (Teruel, 1956), catedrático de Historia contemporánea en la Universidad de Zaragoza y especialista en anarquismo y Guerra Civil, lleva camino de convertirse en un raro caso de hispanista español. Primero tradujeron alguna de sus obras al mercado anglosajón y finalmente la editorial I.B. Tauris le encargó que escribiese en inglés una historia breve de la Guerra Civil, publicada en Londres en 2012. El libro, España partida en dos, sale ahora en español, editado por Crítica, con una misión clara que el historiador apunta en su prólogo: “A quienes sepan mucho sobre la Guerra Civil, esta historia quizás les parezca breve, poco profunda. Pero en mis numerosos encuentros con maestros, profesores de enseñanza media y estudiantes he constatado que faltan libros de este tipo, concisos, de prosa accesible y con la garantía de una investigación rigurosa y profesional”. En él se desmontan algunos enunciados erróneos.
1. La historia de España no fue una isla dentro de Europa. En las tres primeras décadas del siglo XX se dieron “más similitudes que diferencias” entre los acontecimientos españoles y europeos. No hubo anomalía. “Casi ningún país europeo resolvió los conflictos de los años treinta y cuarenta por la vía pacífica”. Casi todos los regímenes democráticos que sustituyeron a monarquías en Europa habían desaparecido cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, excepto Irlanda. Tampoco en esto España fue la excepción, ya que todas “fueron derribadas por sublevaciones militares contrarrevolucionarias, movimientos autoritarios o fascistas”. La diferencia española fue que el golpe de 1936 fue “el único que causó una guerra civil”.
2. Ni fascistas ni comunistas tuvieron peso político hasta 1936. El fascismo, según Casanova, surgió más tarde que en Italia y Alemania y con escasa fuerza hasta la primavera de 1936, mientras que el comunismo solo comenzó a tener presencia cuando sustituyó su lucha de clases por la colaboración en frentes antifascistas. “Solo gracias a una guerra civil, el comunismo y el fascismo acabaron teniendo una notable influencia en la política y en la sociedad española de los años treinta. Antes de la sublevación militar, ni fascistas ni comunistas tuvieron fuerza para desestabilizar a la República”.
3. No hubo rebelión de generales ni sublevación militar en bloque. De los 18 generales importantes, se sumaron al golpe cuatro (Cabanellas, Queipo de Llano, Goded y Franco), que “no permitieron ninguna indecisión o resistencia de sus propios compañeros y quienes lo intentaron lo pagaron, empezando por varios jefes y oficiales pasados por las armas sin dilación ni juicio en el Marruecos español”. De los 254.000 militares que había, los sublevados contaron con unos 120.000.
4. En pocas semanas más de 13.000 soldados habían cruzado el Estrecho gracias a los aviones cedidos por Hitler y Mussolini, que nunca respetaron la política de no intervención propuesta por Gran Bretaña y Francia.


Altar mayor de una iglesia de Toledo tras ser profanado en 1936. / EFE
5. La religiosidad española no era uniforme en el 36. “Había una España muy católica, otra no tanto y otra muy anticatólica. Había más catolicismo en el norte que en el sur, en los propietarios que en los desposeídos, en las mujeres que en los hombres. La mayoría de los católicos eran antisocialistas y gente de orden. A la izquierda, republicana u obrera, se la asociaba con el anticlericalismo”.
6. Casanova sostiene que la Iglesia, “encantada” con el hecho de que las armas liquidaran a los infieles, construyó varios mitos e idealizó la figura de Franco. “Ni los militares tuvieron que pedir a la Iglesia su adhesión, que la ofreció gustosa, ni la Iglesia tuvo que dejar pasar el tiempo para decidirse. Unos porque querían el orden y otros porque decían defender la fe, todos se dieron cuenta de los beneficios de la entrada de lo sagrado en escena”. El catolicismo fue el punto de unión que aglutinó a todos los grupos reaccionarios, que apoyaban la sublevación. “La solución autoritaria requería masas. Y nadie mejor que la Iglesia y ese movimiento católico que apadrinaba para proporcionarlas”.
7. Más de 6.800 religiosos, incluidos 13 obispos, fueron asesinados; parte de las iglesias, saqueadas o quemadas; y numerosos cementerios, profanados. “Quemar una iglesia o matar a un eclesiástico es lo primero que se hizo tras la derrota de la sublevación en muchos pueblos y ciudades”. "El conflicto de largo alcance entre la Iglesia y los proyectos secularizadores lo resolvieron las armas a partir de una sublevación militar que dividió España en dos bandos, identificados por la defensa de la Iglesia y la religión católica o por la hostilidad hacia ellas (…) La Iglesia se sintió salvada con la sublevación y por eso ofreció sus manos y su bendición a los golpistas desde el primer disparo. La violencia anticlerical, de dimensiones sin precedentes ni parangón histórico en los países del entorno, endureció las posiciones de la jerarquía de la Iglesia y de los católicos, reafirmó su ardor guerrero y patriótico y bloqueó cualquier posibilidad de piedad o perdón”.
8. La República, según Casanova, gastó "una cantidad de dinero similar para perder la guerra a la que Franco utilizó para ganarla, unos 700 millones de dólares en cada bando, pero el material bélico que adquirió a través de las reservas de oro del Banco de España fue inferior, en cantidad y calidad, al que las potencias fascistas suministraron a los militares rebeldes".
9. Los 839 días de guerra causaron cerca de 600.000 víctimas, entre ellas 100.000 debidas a la represión en la zona sublevada y 55.000 a la violencia en la zona republicana.
10. En su epílogo, Casanova destaca que "la larga y cruel dictadura de Franco" fue "la gran excepcionalidad de la historia de España del siglo XX, si se compara con la de los otros países capitalistas occidentales". Junto a la de Salazar en Portugal, fue la única creada en la Europa de entreguerras que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial.

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